Yo vivía en Almería cuando, terminando de leer la Historia de un alma, supe que las reliquias de Santa Teresita del Niño Jesús y la Santa Faz llegarían a Granada casi de inmediato. Tomé el autobús y fui a venerarlas. Aquella historia de un alma, que en sus dos o tres primeras páginas me había parecido cosa de niños, no solo era ya para mí un libro de cabecera, sino un misterio por el que me dejaba guiar a pesar de mí mismo.
Ni prurito ni pudor me van a impedir dar fe de las gracias recibidas. Escribí, al alimón con Teresita, un poema donde hago referencia a una curación y a la solución de una situación de precariedad económica, respectivamente, en que la Doctora de la humildad y la misericordia, apenas sin mediar súplicas y oraciones de parte mía, tuvo a bien intervenir.
HISTORIA DE UN ALMA
Teresita juega con un reloj de arena y una muñeca
vestida de carmelita,
hace coronas de margaritas y de miosotas
para la Santísima Virgen
que, con una sonrisa, cura el alma de la niña
enferma, de la niña doctora ante cuya mirada
huyen, cobardes, los pobres diablos;
a la santa niña le fue dado comprender que en el Cielo
Dios daría a sus elegidos tanta gloria
como agua pudieran contener el vaso grande de papá
y mi dedal, que era muy pequeño (…)
y por eso, el último no tendría
que envidiar nada al primero.
A mí, niño no preservado del pecado, los diablillos
empanaban en su barril de cal, hazmerreír
de los otros, muñeco de mis hermanos,
el séptimo vástago de mis padres viejos: tú,
niña en estado de gracia, curaste el herido oído
de mi juventud, sin pedirlo, a las puertas
de Granada a donde yo llegaba a venerar tus reliquias
después de haber leído la historia de tu alma.
Mi corazón sensible y amoroso
se hubiera entregado fácilmente,
si hubiera encontrado un corazón
capaz de comprenderlo…¿Cómo
un corazón entregado al afecto de las criaturas
puede unirse íntimamente con Dios?...Siento
que eso no es posible.
Reconozco que sin Él
habría podido caer tan bajo
como Santa Magdalena…
Yo, Teresita, he caído
tan bajo, quemado por las planchas
de los diablillos que huían de tu gracia,
que, portando una máscara de yagua con rostro de león,*
he entrado al pulguero vendiendo
ni mi alma ni mi cuerpo heridos:
mi pobreza. Entonces,
esa misma noche del día
de tu santo recibí tu llamada,
por teléfono, con la voz
de una mujer que me ofrecía un empleo.
… y las profundas palabras
de Nuestro Señor a Simón
resuenan con una gran dulzura en mi alma…
Lo sé: «aquel a quien menos se le perdona, ama menos»;
pero sé también que Jesús me ha ‘perdonado más’ que
a Santa Magdalena, puesto
que me ha perdonado ‘por anticipado’,
impidiéndome caer.
En realidad, el misterio de evangelización teresiano comenzó para mí en 2001, al regresar, después de siete años, a mi patria, Cuba, para visitar, en mi ciudad natal, Holguín, a mi madre y a mis hermanos y hermanas. Uno de ellos, Rafael Mario, fue quien me encomendó leer a Teresita. De vuelta, en Almería, fui a la librería San Pablo y compré las Obras Selectas de Teresa de Lisieux. En 2009, desde el sur de La Florida, en los Estados Unidos de América, donde a la sazón residía, volé de nuevo a Cuba a enterrar a mi madre y entonces mi hermano me encomendó leer a Teresa de Ávila. Al regresar a Miami, en un puesto de libros usados de una feria, encontré las Obras de Santa Teresa en una edición madrileña de 1948. Aunque justo el 15 de octubre de 2004, todavía en Almería, había terminado de leer Las Moradas, en una edición suelta de San Pablo; iba a ser ahora, dentro de ese tomo antiguo de tapa de cartón y tela y hojas de papel de cebolla, donde encontraría la Vida de la seráfica madre de Teresita.
Finalmente, en medio de esta pandemia en la que me he visto obligado a guardar cuarentena hasta el día de hoy, en mitad de la soledad y el abatimiento, sentí de nuevo el deseo de cantar dando gracias a Dios por los dones recibidos y de compartirlos. Y, otra vez, Teresita quiso asistirme, como un milagro.
Comencé con las tres obras de teatro que recoge el tomo de las susodichas Obras Selectas. De una de ellas, “La huída a Egipto”, había hecho una lectura dramatizada en la librería “Books & Books”, de la ciudad de Coral Gables (donde vivió Juan Ramón Jiménez), en La Florida, en octubre de 2017. En esta obra, Teresita revela su conocimiento de los catalogados como evangelios apócrifos. Ahora solo disponía de mi teléfono y de la pasión por la dramaturgia que es, si no me equivoco, la que podría llamar mi profesión, hundida y reflotada por los avatares de mi camino… Seguí con “El triunfo de la humildad”, donde, con un concepto dramatúrgico contemporáneo, Teresita aparece como un personaje junto a dos monjas carmelitas más, las tres con sus auténticos nombres religiosos (algo así como una ruptura de la llamada ‘cuarta pared’ de la escena) y hace aparecer, como en las antiguas representaciones griegas, al deus ex machina: San Miguel, el Arcángel. Esta es una obra mutilada, por las razones que ya sabemos; su propia autora, Teresita, decidió quitar las escenas donde aparecía el personaje supuestamente real de Diana Vaughan. Y así y todo y pese a su brevedad mantiene su gracia.
Al intentarlo con la tercera obra, “La misión de Juana de Arco o La Pastora de Domrémy escuchando sus Voces”, vino el problema. Pensé incluir unas imágenes desde la pantalla de mi laptop o computadora portátil; pero, contando únicamente con mi teléfono, debía convertirme en un mago para pasar de la pantalla de la laptop a la escena (la de mi cuarto de confinamiento) y… ocurrió un ‘milagro’. Como con Teresita no hay mentiras que valgan, debo confesar que, a mis 64 años de edad, apenas tengo rudimentos de los ricos programas de arte que posee el mundo de la computación. Pasando una y otra vez las imágenes de Miguel Arcángel y de Santa Margarita y Santa Catalina de Alejandría como un “slide show”, es decir, automáticamente, una tras otra (que era lo único que había logrado hacer en mi computadora), saltó –literamente- un programa desconocido para mí hasta ese momento y que es el que me ha permitido, a partir de esa tercera y útima obra de teatro, realizar las demás presentaciones sobre la obra literaria de la Doctora de la humildad y la misericordia.
En la mayoría de los casos, he utilizado las canciones de mi CD “Cuba y la noche”, presentado en la misma librería de Coral Gables, en 2008. Posteriormente, a ese CD, musicalicé el poema “Al Sagrado Corazón de Jesús” de Teresita (y “Feliz quien ama a Dios” de Teresa de Ávila).
Perdonarme dejar a vuestra consideración, sin más palabras, mi poesía y mi arte, los de mi fe: pobre, como el recién nacido Jesús.
*me refiero a una obra de arte que salí a vender acuciado por la necesidad a un ‘pulguero’.

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